La novela del ingenioso hidalgo y su redondo acompañante

“En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”, son palabras que me han acompañado desde el primer momento en que las leí. Así empieza El Quijote. Siento que llevo cuatro siglos escuchando esas palabras. Y viene a mi mente una serie de situaciones tragicómicas que me hacen reír y reflexionar.

Reflexiono sobre la belleza y la fealdad, el olvido y el recuerdo, la aventura y la desventura, la locura y la cordura, la libertad y el encierro. Son muchas las reflexiones pero corresponde a cada lector apropiarse de cada palabra. No es para menos.

En 1605, Miguel De Cervantes tuvo la suerte de publicar la primera parte de su libro más importante, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Diez años después, en 1615, publicó la segunda parte. Desde ese momento comenzó a propagarse por el mundo una de las historias más hermosas y mejor contadas de su época, y con la que nos quedamos junto a la Biblia, Cien Años de Soledad, La insoportable levedad del ser y El Aleph, si me dieran a escoger con cuales libros debieran sepultarme.

Son más de cien capítulos, muchos de los cuales se pueden leer independientemente. Yo, que soy un lector desorganizado, encuentro en esa obra, no solo la libertad perfecta del escritor sino también la libertad completa del lector. Cervantes sabía que no hay creatividad sin cordura y sin la presencia de la locura.

En la primera parte aparece Alonso Quijano, el personaje principal de la historia, que a fin de cuentas se trata de un pobre hidalgo, aficionado a la lectura, que pierde el sentido de la realidad luego de devorar los libros de caballerías, al punto de creerse un caballero del Medioevo, y comienza a caminar por el mundo de las ideas, inventando mundos alternos.

Desde que decide armarse como un caballero en un local, que visualiza como un castillo, comienzan a ocurrir una serie de situaciones cómicas que muestran a un ser que se toma muy en serio su papel de héroe que con gran idealismo y una hermosa bondad que le permite ayudar a los menos afortunados.

No se nos puede olvidar que vive locamente enamorado de Dulcinea del Toboso, una empleada doméstica de buen parecer, cuyo nombre verdadero es Aldonza Lorenzo, que permite calibrar hasta dónde puede llegar un hombre por un amor idealizado al punto de dejar de ser él para desvivirse por una ella inexistente.

Ese amor del caballero avejentado y desgarbado, me recuerda las veces que los hemos enamorado de seres que creamos dentro del marco del idealismo amoroso que posibilita construir personas dentro de otras personas, sin que se parezcan a la realidad, al punto de no ver defectos y conductas evidentes, acción que mueve al sacerdote del pueblo a quemar los libros de caballerías
Una escena hermosa pero que aparenta ser ridícula es la de la lucha de Don Quijote contra unos gigantes, gigantes imaginarios, que en realidad son molinos de viento. Y esa escena no la podemos olvidar, especialmente por la famosa frase de su grasiento escudero, Sancho Panza, quien advierte al protagonista que “No son gigantes, son molinos”.

Don Quijote lucha contra gigantes, contra los gigantes que se apoderan de las tierras y las cultivan mediante la explotación de los obreros. Es una lucha desigual porque es contra unos gigantes que cobran su imagen a través de los molinos, una suerte de vigilantes y defensores de la prepotencia.

Desde el Yelmo de Mambrino, que adorna su cabeza al estilo de un caballero medieval, pero que en realidad se trata de un envase de un barbero, hasta la liberación de unos galeotes, Don Quijote nos introduce en una serie de historias en las que la filosofía, el amor y la dialéctica se presentan de modo hermoso y colorido.

La locura de un hombre que aspira a salvar el mundo de la desesperanza, la injusticia y la insolidaridad, se presenta como la lucha de una persona contra el mundo, y del mundo contra el hombre en la medida en que no acepta los parámetros de la realidad material.

El materialismo se opone al idealismo en cada escena, y Sancho Panza es una especie de consejero de la realidad que se sorprende ante el atrevimiento de Don Quijote a cada paso en cada camino.

Cervantes logra construir conversaciones coloridas, ricos debates entre la realidad y el idealismo, con los debates enérgicos entre Sancho y Quijote, que en algunas ocasiones parecen sacadas del diario de sesiones de una legislatura de nuestra época o de un dialogo solitario entre dos personajes que esperan a Godot, como en la obra de Samuel Becket.

Sin embargo, los debates entre Sancho y Quijano, se generan dentro de un marco de amistad y respeto mutuo, que son dignos de admirar, especialmente cuando cada uno ve las cosas que el otro no puede, algo que nos enseña tantas cosas sobre la vida y sus misterios como para que tomemos un espacio para repasar la historia de ambos personajes y tratemos de emular aunque sea la sinceridad dentro del mundo de cada uno.

Luego de un viaje largo y atropellado, cuando por fin Don Quijote recobra la cordura, se enferma y muere de pena, pero transformado por su experiencia al lado de Sancho, en un ser que pierde sus ideales mientras el gordo escudero también cambia pero con una dosis de idealismo inyectado por su alargado y barbudo caballero, como si hubieran cambiado de traje o de papel, al punto de que el asistente se convierte en gobernador de una ínsula.

Cervantes logra su propósito, al burlarse de una sociedad materialista con un idealismo denunciante. Todavía hoy, luego de cuatro siglos continúa riéndose como el niño que descubrió un espacio lúdico del que nunca saldría.

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Una respuesta a La novela del ingenioso hidalgo y su redondo acompañante

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