Caminando con Jesús

Caminando con Jesús

“Deporte: yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara.”
Jorge Luís Borges

Todas las mañanas, de lunes a viernes, camino junto a mi amigo Jesús*. Vamos a la pista municipal y damos diez o doce vueltas diarias, mientras conversamos sobre una variedad de temas que van desde la política y la economía hasta la religión y el deporte.

Mi compañero de caminatas tiene un perfil griego, una piel romana, un porte hebreo y una mirada arabesca, pero es cien por ciento puertorriqueño. No es alto pero camina muy rápido.

Sus ideales son la libertad, la justicia y la paz, metas que comparto. Dejó de ir a la iglesia, ya que le incomodan los espectáculos ruidosos y los discursos basados en la prosperidad financiera, como si un templo fuera un lugar de reuniones para ejecutivos de Wall Street.

Jesús es el ser más decente que conozco. Siempre tiene una sonrisa y algo positivo que decir, siempre una solución o un comentario constructivo. Como maestro que fue, siempre se aprende algo caminando a su lado.

Esta semana, Jesús me comentó que existe gente que utiliza el deporte con propósitos políticos, y otros que se han dado a la tarea de mezclar la religión con las competiciones atléticas. Me dijo que no le gustaba escuchar a los atletas decir que gracias a Dios derrotaron a su oponente. Dios no tiene preferencias de equipos deportivos ni mucho menos de atletas. Todos son iguales en el campo de juego y triunfa el que más hizo por ganar el encuentro. Meterse en el juego para favorecer un oponente sobre otro sería para Dios una acción tramposa y de eso no se trata la ética cristiana. Competir es más importante que ganar porque es en la competencia donde se demuestran los verdaderos ideales de ética y humanidad, mientras que cualquiera podría triunfar sin esfuerzo alguno por poseer mejores atributos musculares, mayores ayudas económicas y hasta el favor de los árbitros. Pero competir para ganar con todas las de la ley, las energías y el deseo, aunque no se logre el objetivo es más importante que cualquier medalla, porque esa no la tienes que exhibir en el cuello o justificarla en una conferencia de prensa sino ante tu propia conciencia y la presencia interna de la creación. Esa es la esencia de la deportividad.

Me quedé pensando que si la libertad, la justicia y la paz son ideales que nacen del amor, ¿como es posible que un padre desee y hasta ayude a un hermano derrotar a otro? Pensé que el libre albedrío había sido abolido en los deportes, o que Dios es fanático de un hijo en particular. También pensé que aunque sea jugando, la victoria de un hijo sobre otro, si es con ayuda externa, es la derrota de la humanidad. Felicidades a los medallistas, aplausos para los competidores. Gracias a Jesús por enseñarme eso en la pista, donde cada mañana, caminando, nadie pierde y todos ganamos. * Jesús es un viejo amigo que fue maestro de matemáticas en escuelas públicas y auditor del Departamento de Hacienda.

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