Padura en Ponce

Estoy seguro de que aunque nació en Cuba, Leonardo Padura es ponceño.

Nadie se lo ha dicho y yo tampoco, pero para ser ponceño no hay que haber nacido aquí, ni tampoco saberlo.

Es más, hasta parece puertorriqueño, y no sé si sabe que los boricuas que nacieron en otras tierras están arrepentidos de no haber nacido aquí.

Pero no se asusten, no voy a imponerle una ciudad, ni mucho menos una ciudadanía o nacionalidad al amigo Padura.

Es que al entrar al anfiteatro Vicente Murga de la Pontificia Universidad Católica, y verlo vestido con una polo roja y un pantalón negro, pensé que no sólo estaba solicitando el pasaporte ponceñista que se inventó el fenecido Rafael Cordero Santiago, aquel alcalde que hizo rugir al cordero, sino que además -por su acento y musicalidad de gran conversador- ya lo había conseguido.

Lo anterior, aunque descabellado, parece pertinente para ilustrar la comodidad de Padura frente a un público joven de estudiantes universitarios y veteranos profesores de La Católica.

Cuando se dirigía hacia el público no hablaba un cubano, hablaba otro ponceño. Y se quedó con el público, tanto que si no concluye formalmente la conferencia, todavía estaríamos sentados escuchándolo y preguntándole.

Padura, uno de los maestros de la novela policial hispana, ha conseguido con su detective retirado Mario Conde que nos olvidemos de los televisivos Sherlock Holmes, Columbo y Baretta, esos inconfundibles armadores de rompecabezas policiales, y que ha convertido al cinematográfico Philip Marlowe, ese alter ego de Raymond Chandler, en un recuerdo otoñal.

Y es que Padura, quien transita entre el Periodismo y la Literatura con la misma facilidad que lo hace con la Historia, nos deleita con una narrativa apetecible dentro de la novela policial, porque le gusta hacer dos cosas con mucho gusto: leer y escribir.

“El consejo único que es válido para un escritor es leer, pero no leer cualquier cosa, sino leer bien en su idioma, porque las traducciones son valiosas. Si no, no hubiéramos podido leer la Biblia, la Odisea”, describió.

“Pero cuando pienso en un escritor, pienso en la lectura de los clásicos en su idioma. Es fundamental porque pienso en la palabra”, agregó ante un grupo de estudiantes que permaneció las dos horas de su conferencia, interesados en su dominio de la escritura, así como su idea del escritor.

También dijo que hay que tener las “nalgas” preparadas por las largas horas que hay que pasar sentado escribiendo, leyendo y reescribiendo, corrigiendo y editando.

Cuando una joven le preguntó sobre si estaba bien que -por poseer raíces peruanas, boricuas y americanas- se introdujera en el mundo de la poesía mediante la invención de palabras que algunos encontraban discordantes por no respetar las estructuras del español y el inglés -construyendo una especie de “espanglish”-, Padura no titubeo en contestar que su producto comunicacional debía partir de lo que es ella hacia el resto del público, de su lenguaje hacia el lenguaje del público.

“Esto es muy fácil. Uno escribe no como quiere, sino como puede”, dijo no sin antes aclarar que lo que se diga tiene que ser lo que se desee expresar.

Sobre la influencia de la tecnología en el mercado, Padura concluye que del mismo modo en que la imprenta de Gutenberg cambió la manera de publicar textos hace más de 500 años, en la actualidad ocurre algo similar, con el espectacular resultado de que la comunicación se multiplica exponencialmente y con el peligro de que los autores estén desprotegidos.

Con relación a la literatura cubana, indicó en un aparte con La Perla del Sur que ya no se leen exponentes como Lezama Lima, Cintio Vitier y Alejo Carpentier, sino lo que se escribe en la actualidad, aunque con las limitaciones de la crisis económica y al nombre del autor, ya que en algunos casos se puede encontrar un libro con una tirada de 500 ejemplares, pero siempre hay autores como ocurrió con la entrevista que Ignacio Ramonet hizo al comandante Fidel Castro, que sobrepasó los 50 mil ejemplares.

Lo que se escribe hoy, era imposible pensar que se pudiera escribir en los 80, pero a partir de los 90, con las consabida crisis económica, las cosas han cambiado porque ha habido una apertura al mercado y los autores han podido trascender sus costas y alcanzar otras fronteras, como en su caso, con gran acogida en México y España.

Sobre si su tránsito entre el Periodismo y la Literatura es doloroso, confió que “para mí es fácil, porque hago literatura y periodismo al mismo tiempo”.

Además, cuenta, “los escritores somos bien envidiosos”, especialmente cuando leen un libro que los captura y fascina como le ocurrió con el fenecido Roberto Bolaño, que no podía soltar su obra gigante 2666.

“Escribo porque me gusta y por necesidad”, indicó para luego recibir unos regalos y salir del anfiteatro a fumar un cigarro al fresco, pero no contaba con el ardiente sol que todas las mañanas se posa sobre la universidad ponceña, mientras sus estudiantes -unos ponceños y otros en vías de serlo- se bañan de lógica, ética y estética dentro del marco del ponceñismo y el catolicismo.

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