Al otro lado de Ecnop

Eran decenas, cientos, miles de autos que circulaban por la autopista. En cada auto iban una, dos, tres o cuatro personas. En algunos iban hasta siete.
Unos leyendo el diario, otros mirando un libro. No faltaba la mujer que escuchaba radio mientras a su lado un niño oía música a través de la tecnología nano, que hace dentro de un pequeño aparato aplastado, un concierto privado de un cantante sin melodía.
Muchos conductores y pasajeros iban a sus trabajos, otros a llevar los niños al colegio, algunos pasaban por el lugar obligados para poder seguir hacia la capital para visitar una agencia central de gobierno a solicitar un servicio y otros a buscar empleo en otro pueblo. Ecnop.
Todos pasaban mientras al lado de la carretera, estacionados, cinco monstruos de colores rojo y negro, amenazaban el paso sin pausa, pero al mismo tiempo con gran alegría.
Eran unos monstruos de impresionante tamaño, que desde lejos se veían con claridad. Se veían sus espaldas, sus brazos, sus piernas, su torso, pero no tenían cabeza. Estaban quietos, pero su sombra se movía. Ecnop.
Todas las mañanas, miles de sorprendidos videntes eran testigos de esas enormes figuras que recuerdan que entramos o salimos, que salimos o entramos a una nueva tierra, a un mundo diferente, a un lugar donde la gente piensa, siente y vive diferente.
Se trata de una villa, un pueblo, un municipio o tal vez un territorio, una república o una isla conectada por una autopista coronada de cemento. Ecnop.
Es el anuncio de la llegada o de la salida o tal vez es un aviso de la permanencia de una visión sostenida.
No se sabe cómo cayeron del cielo esas cinco gigantescas figuras. Sólo se supo que un día aparecieron allí, sin dar explicaciones, sin publicidad, sin ruido, sin fiesta, sin pretensión y sin amables cortesías. Ecnop.
Un día amenazaron con derrumbar esas monstruosas figuras. Fue una amenaza burocrática fundada en el miedo a la reglamentación del todopoderoso federalismo.
“Esos monstruos provocarán accidentes, turbarán sentimientos, perturbarán el tránsito, afectarán la psiquis de nuestro pensamiento y plantarán un nuevo designio”, decían alarmados y todos lo creían. Ecnop.
Pasaron días, pasaron meses, pasaron años y los monstruos siguen allí todavía. No han causado daño, no han dañado peces, no han matado aves ni arrollado reses.
Ecnop es el nombre de ese monstruo que nos vendieron como omnipresente, como un enorme Godzila que se apoderaría de nuestra sangre, como una mentira que se quedaría con nuestra frente. Pero el tiempo pasó y todo pasó. Pasaron los mismos autos, las mismas personas, pasó el mismo tiempo.
Al llegar las tardes y de regreso a casa, decenas de automovilistas, cientos de pasajeros, miles de curiosos, se acercaron a los monstruos para verlos de frente y comprendieron que desde el otro lado de Ecnop, las cosas se pueden apreciar con justicia, desde una perspectiva más realista, desde un punto de vista más claro y menos materialista.
Todos habíamos visto monstruos donde no los había. Habíamos imaginado luchas donde no existían. Habíamos pensado en guerras que no servían.
Llegó el momento de dar rienda suelta a nuestra imaginación constructiva, a nuestra lucha pacífica, a nuestra misión unitaria y a nuestro aprecio por la vida. Ecnop.
Desde el otro lado de Ecnop, vimos la realidad y nos preocupamos. Desde el otro lado de Ecnop, vimos la verdad y nos amanecimos. Al otro lado de Ecnop valoramos la justicia y nos maravillamos. Al otro lado de Ecnop nos espera una nueva esperanza y lo agradecimos.
Al otro lado de Ecnop pretendamos construir una nueva tierra donde cada uno no se desvalore, donde cada cual se enamore, donde todos juntos labremos la esperanza y llevemos dentro de nuestro pecho unas figuras más grandes, derechas, nunca torcidas y mucho menos desteñidas o invertidas, para que bendigan nuestro futuro y no nos amanezcamos asechados por una falsa realidad construida desde el otro lado de nuestras vidas.
Al otro lado de Ecnop nacerá un nuevo pueblo con una nueva vida. Ese pueblo no se llamará más Ecnop.
A partir de ahora su nuevo nombre será el de esas mismas letras invertidas y nunca más vivirá otra historia torcida.

Esta entrada fue publicada en Derecho, Desobediencia civil, Filosofía, General, Libertad de Expresión, Libertad de Prensa, Literatura, Mea Culpa, Periodismo, Política. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Al otro lado de Ecnop

  1. Riggin Dapena dijo:

    Es un luigar muy especial en el mundo; una ciudad compuesta y formada por una ciudadanía que, por el mero hecho de haber nacido allí, podrá salir de Ponce a vivir en otros lugares pero nunca se va … su alma, su interés, su origen y una especial solidaridad viven para siempre en su alma, en su espíritu y es un motivo de interés que siempre está presente en su vida. Claro, nacen y se crían en una ciudad cuya plaza se llama De Las Delicias; cuyas calles tienen nombres como Salud, Unión, Concordia, Virtud, Esperanza, Sol, Estrella, Amor, Aurora, Luna; unas con nombres de Reina como Cristina e Isabel; una calle descriptiva como León; calle con nombre de Virgen como La Guadalupe; una calle que homenajea un acto heroico como el 25 de Enero; un teatro nombrado como lo que es, La Perla; un parque cuyo nombre homenajea un adelanto humano como la Abolición de la Esclavitud; haciendas con nombres como Esperanza y Constancia y cientos de personas que han dado honra y orgullo a Puerto Rico. No tiene ninguna importancia como le llamen ni como escriban su nombre, Ponce no tan solo siempre es Ponce sino que vive para siempre en el alma, el pensamiento y los corazones de quienes ¡somos e allí. Riggín Dapena

  2. Rei Millán dijo:

    Saludos, Riggin.

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