La última homilía

En esta Semana Santa, si no reflexionamos sobre la vida de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, habremos perdido el día, del mismo modo en que lo hacen los evangelistas que no citan los evangelios y en su lugar se quedan en el Pentateuco. Y que mejor que releer la última homilía de Monseñor Romero, antes de que los Escuadrones de la Muerte al servicio de la oligarquía, terminara con su vida en San Salvador, hace 30 años. Eso ocurrió mientras tomaba el primer verano en la universidad, fue una noticia estremecedora y todas las facultades de Ciencias Políticas del mundo apuntaban al Mayor Roberto D’aubuisson, fundador del otrora poderoso partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), como el autor intelectual de esa atrocidad. Posteriormente una Comisión de la Verdad confirmó esa sospecha. Era algo así como el secreto que el universo sabe pero que nadie se atrevía a pronunciar.  Curiosamente, las sotanas más conservadoras que quisieron callar la voz de Romero así como a todos los que gravitaron alrededor de la Teología de la Liberación, son precisamente, los encubridores de los delitos por pederastia. A continuación un fragmento de la última homilía de Monseñor Romero.

San Salvador, 23 de Marzo de 1980, a las 5:00 p.m.

Queridos hermanos:

Mis queridos cristianos, siempre les he dicho y lo repetiré, de aquí, del grupo cristiano, del Pueblo de Dios tienen que salir los hombres que van a ser los verdaderos liberadores de nuestro pueblo… Hay que tener en cuenta que todos los males tienen una raíz común y es el pecado. En el corazón del hombre están los egoísmos, las envidias, las idolatrías y es allí donde surgen las divisiones, los acaparamientos; como decía Cristo: “No es lo que sale del hombre lo que mancha al hombre, sino lo que está en el corazón del hombre”, los malos pensamientos. Hay que purificar, pues, esa fuente de todas las esclavitudes. ¿Por qué hay esclavitudes? ¿Por qué hay marginaciones? ¿Por qué hay analfabetismo? ¿Por qué hay enfermedades? ¿Por qué hay un pueblo que gime en el dolor? Todo esto está denunciando que existe el pecado. “La pobreza, dice Medellín, es una denuncia de la injusticia de aquel pueblo”. Por eso, la trascendencia de la liberación arranca del pecado y la Iglesia siempre estará predicando: arrepiéntanse de sus pecados personales. Y les dirá como a la adúltera: “ya no te condeno, te has arrepentido pero no vuelvas a pecar”, el pecado es el mal siempre.

¡Cómo quisiera decirles, hermanos, a todos los que le dan poca importancia a estas relaciones íntimas con Dios, que le den la importancia que tiene! No basta decir: yo soy ateo; yo no creo en Dios; yo no lo ofendo. Si no es cuestión de que tú creas, es que objetivamente tú tienes rotas tus relaciones con el principio de toda vida. Mientras no lo descubras, y no lo sigas, y no lo ames, tú eres una pieza descoyuntada de su origen y por eso llevas en tí mismo el desorden, la desunión, la ingratitud, la falta de fe, de fraternidad. Sin Dios no puede haber un concepto de liberación. Liberaciones inmediatistas sí las puede haber, pero liberaciones definitivas, sólidas, sólo los hombres de la [fe las]van a realizar. Es incomparable la página de San Pablo, el pecador que había olvidado a Cristo, mejor dicho, no lo conoció y más bien creía que Cristo y sus cristianos eran unos traidores de la religión verdadera que era el judaísmo. Y se sentía autorizado para irlos a traer amarrados y acabar con esa secta. Pero cuando Cristo se le presenta y le revela, él cae en la cuenta de su ignorancia y le escribe: “Todo lo estimo ya como pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”. ¡Qué gratitud la de un pecador cuando dice: no te conocía, Señor, ahora sí ya te conozco y ahora todo lo demás me parece inútil en comparación de la excelencia de conocerte a ti, mí Señor! Por él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no como justicia mía sino con la que viene de la fe en Cristo.

Esta es la trascendencia. Hay muchos que quieren una justicia, una justicia mía, una justicia de hombres. No trascienden, no es ésa la que me salva dice San Pablo, es la justicia que viene por la fe de Cristo, mi Señor. ¿Y cómo es Cristo justicia del hombre? Dice: “Para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte para llegar un día a la resurrección de entre los muertos”. ¿Ven cómo la vida recobra todo su sentido, y el sufrimiento ya es una comunión con el Cristo que sufre, y la muerte es comunión con la muerte que redimió al mundo? ¿Quién puede sentirse inútil ante este tesoro del que ha encontrado a Cristo que le da sentido a la enfermedad, al dolor, a la opresión, a la tortura, a la marginación? ¡No está vencido nadie aunque pongan bajo la bota de la opresión y de la represión, el que cree en Cristo, sabe que es un vencedor y que la victoria definitiva será de la verdad y de la justicia … ! Y en su misma página íntima San Pablo dice: no es que ya haya conseguido el premio sino que corro hacia adelante, olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; corro hacia la meta para ganar el premio al que Dios desde arriba, llama en Cristo Jesús. Esta es la trascendencia: una meta hacia la cual queremos empujar toda nuestra liberación, una meta que es alegría definitiva de todos los hombres.

Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejercito, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión … !

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