Viaje al minuto en 80 radios o viaje a la radio en 80 minutos

Me despierta a las cinco de la mañana la música del mañanero Tizol en el 88.9 de la frecuencia modulada  de Radio Católica en Ponce.

Me levanto para entrar a la ducha donde Radio Universidad de Puerto Rico me obsequia con un concierto de alboradas. Salgo y entro al 1320, donde un reportero de dos metros de estatura entrevista a los que se apropian del poder en la oscuridad de la madrugada.

Regreso a mi habitación para vestirme mientras el 630 cuenta el escándalo de la mañana que publicó un vocero de la puerta de tierra, al tiempo que un falfullero locutor nos invita a transitar con cautela debido al choque de autos en un eterno expreso apresado.

Me visto con el sonido de 580 donde otra voz repite con otro tono la noticia del 630. Se trata de un rubenazo que con voz de buenazo entrampa a sus entrevistados, quienes se enredan en un lió que nunca habrían deseado.

En el comedor escucho al profesor del 550 entrevistar a un abogado que no está de acuerdo con la portada del gran periódico de Guaynabo, mientras las cápsulas de un canoso locutor nos avisan que la democracia es un invento de un hombre amordazado. El profe me lee a primera hora el vocero con claridad.

Al entrar al auto, me abrocho el cinturón mientras la voz femenil del Boricua 740, acompañada de un Penchi, dan cuenta de que lo que dijeron por la mañana otras voces, no fue lo que pensé había escuchado. “Solo es cierto que todo es falso”, reitera esa voz delvisiana, mientras los deportes los brinda un televisivo compañero de las estadísticas cizañeras que nos avisan que un boricua de las grandes ligas se ha ponchado, no sin antes saber a quién va dirigida la bola de pegao que dispara desde su fogón la Tía Wilda desde el 46 de la calle Isabel.

Mientras viajo, voy alternando de WALO a WMIA y de WSOL a Radio Antillas o WLEO, para escuchar como van las regiones, para saber por donde anda la región.

Cuando paso el primer peaje, cambio al 1030 para escuchar al oso del norte que me dice en su norteño vernáculo lo que ya había escuchado en el mio castellano. El oso me dicta lo que escriben los redactores del Daily Sun, al tiempo que reitera que de donde viene en Angloamérica todo es perfectamente perfecto, mientras a su lado un religioso mariano le dará la razón al escuchar su propia voz con el boletín del tránsito congelado de la isla desencantada.

Al llegar al segundo peaje cambio a la frecuencia modulada pero tropiezo con una minifalda aburbujada que compite con un gangster amaestrado,  y regreso a la amplitud modulada para saber si el Johgito  del 680 transmite en vivo desde el embotellamiento de la Badorioty creado por el accidente de todas las mañanas.

Por fin llego a la oficina y subo las escaleras, para evitar el ascensor que intimida todas las mañanas a los que se quedan encerrados dentro de esa cárcel de metal sostenida por hilos de goma de mascar. Esa es mi rutina en tránsito al trabajo cada mañana de lunes a viernes.

En ochenta minutos llego al trabajo, con múltiples voces que repiten lo mismo que publican los diarios matutinos, pero que los aderezan con sus propios comentarios y salpican con sus arranques lo que sucede a diario. Es un viaje al mundo en 80 radios  o es el viaje a los ochenta mundos de la radio. Quizá es el viaje al minuto en 80 radios o un viaje a la radio en 80 minutos

Son voces que como si fueran nuestras, se meten en nuestra cama, se bañan en nuestros baños, desayunan con nosotros, viajan en nuestros autos, pagan el peaje y suben al ascensor cuando llegamos al trabajo. Se trata de voces tan familiares, que olvidamos hasta su apellido y pensamos en ellos hasta cuando estamos dormidos.

La radio nos acompaña cuando salimos de la casa, pero son ochenta minutos bien entretenidos. Reímos con ellos, lloramos también, a veces queremos llamar, pero por temor a represalias en nuestros propios trabajos, no vamos a intentarlo. Por la tarde vamos a seguir escuchando los 80 minutos de viaje por el mundo de regreso a nuestro hogar, nuestro punto de partida en el cuadrante inicial.

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