El país de las mentiras

Hay un país tan poderoso que hasta las palabras tienen el significado que ellos le asignan sin importar lo que dicta el diccionario. Le dicen presidente al director ejecutivo de una Casa Blanca. Le dicen comandante en jefe a un empleado del Pentágono. Le dicen demócrata a un nacionalista. Le dicen republicano a un imperialista. Le dicen estado a una provincia. Le dicen democracia al estado burocrático autoritario. Le dicen libertad de expresión a la compra de votos. Le dicen libertad de prensa a un negocio. Le dicen Commonwealth a una colonia de ultramar. Al mercado cautivo, la ciudadanía cautiva, la defensa cautiva y la moneda cautiva le dicen mercado común, ciudadanía común, defensa común y moneda común. Le dicen guerra a una invasión. Le dicen libertad a una estatua. Le dicen Dios al dinero con el In God we trust. Le dicen disidente a un librepensador encerrado en un salón de MIT o Berkeley. Y como si fuera poco se apropian del nombre de un continente para llamarse América, ellos solos, excluyendo al resto y a los demás también en un ejercicio de real estate fortificado por la Doctrina Monroe. “El mundo es nuestro y la galaxia también”, parecen decirnos los amos del norte que nos imponen un himno de guerra como canción patrótica para dar inicio a los juegos del violento football. Prefiero la verdad, prefiero el diccionario de George Carlin.

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