Julio Verne y su vuelta al mundo en 80 días

Un día como hoy en 1828, nació en Nantes, Francia el escritor Jules Gabriel Verne, el padre de la ciencia ficción.  Julio Verne, es el segundo autor más traducido de todos los tiempos, después de Agatha Christie, autora de novelas policiales. En sus novelas y cuentos aparecen artefactos como la televisión, los helicópteros, los submarinos o las naves espaciales. Como otros escritores, estudió Derecho y se dedicó a la literatura, en lo que pudiera ser una especie de síndrome legal-literario. Luego de una vida en la que pasó hambre, fue tiroteado y se le desfiguró el rostro, murió en Amiens, el 24 de marzo de 1905. Los británicos y los americanos, colocan siempre a Verne junto a H.G. Wells, pero cuando este publicó su primera novela en 1888, hacía más de 20 años que el francés había iniciado su aventura literaria de viajes fantásticos y tecnología avanzada.

La vuelta al mundo en 80 días, fue una novela  de 200 páginas publicada en 1873, que dio paso a la filmación de una película en 1956. La película fue dirigida por Michael Anderson y fue protagonizada por el actor británico David Niven representando el papel de Phileas Fogg, mientras que Mario Moreno “Cantinflas” hizo el papel de Picaporte. Jackie Chan hizo una versión en 2004, pero francamente la versión de 1956 es insuperable. Otras novelas de Verne fueron llevadas al cine pero esta la recuerdo con entusiasmo porque se trata de una novela de viajes y en todos nosotros siempre hay un pasajero esperando un boleto de salida.  A continuación reproducimos un fragmento del Capítulo Primero.

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En el año 1872, la casa número 7 de Saville Row, Burlington Gardens -donde murió Sheridan en 1814- estaba habitada por Phileas Fogg, quien a pesar de que parecía haber tomado el partido de no hacer nada que pudiese llamar la atención, era uno de los miembros más notables y singulares del ReformClub de Londres.

Por consiguiente, Phileas Fogg, personaje enigmático y del cual sólo se sabía que era un hombre muy galante y de los más cumplidos gentlemen de la alta sociedad inglesa, sucedía a uno de los más grandes oradores que honran a Inglaterra.

Decíase que se daba un aire a lo Byron- su cabeza, se entiende, porque, en cuanto a los pies, no tenía defecto alguno-, pero a un Byron de bigote y pastillas, a un Byron impasible, que hubiera vivido mil años sin envejecer.

Phileas Fogg, era inglés de pura cepa; pero quizás no había nacido en Londres. Jamás se le había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos mercantiles de la City. Ni las dársenas ni los docks de Londres recibieron nunca un navío cuyo armador fuese Phileas Fogg. Este gentleman no figuraba en ningún comité de administración. Su nombre nunca se había oído en un colegio de abogados, ni de en Gray’s Inn. Nunca informó en la Audiencia del canciller, ni en el Banco de la Reina, ni en el Echequer, ni en los Tribunales Eclesiásticos. No era ni industrial, ni negociante, ni mercader, ni agricultor. No formaba parte ni del Instituto Real de la Gran Bretaña ni del Instituto de Londres, ni del Instituto de los Artistas, ni del Instituto Russel, ni del Instituto Literario del Oeste, ni del Instituto de Derecho, ni de ese Instituto de las Ciencias y las Artes Reunidas que está colocado bajo la protección de Su Graciosa Majestad. En fin, no pertenecía a ninguna de las numerosas Sociedades que pueblan la capital de Inglaterra, desde la Sociedad de la Armónica hasta la Sociedad Entoniológica, fundada principalmente con el fin de destruir los insectos nocivos.

Phileas Fogg era miembro del Reform Club, y nada más.

Al que hubiese extrañado que un gentleman tan misterioso alternase con los miembros de esta digna asociación, se le podría haber respondido que entró en ella recomendado por los señores Baring Hermanos. De aquí cierta reputación debida a la regularidad con que sus cheques eran pagados a la vista por el saldo de su cuenta corriente, invariablemente acreedor.

¿Era rico Phileas Fogg? Indudablemente. Cómo había realizado su fortuna, es lo que los mejor informados no podían decir, y para saberlo, el último a quien convenía dirigirse era míster Fogg. En todo caso, aun cuando no se prodigaba mucho, no era tampoco avaro, porque en cualquier parte donde faltase auxilio para una cosa noble, útil o generosa, solía prestarlo con sigilo y hasta con el velo del anónimo.

En suma, encontrar algo que fuese menos comunicativo que este gentleman, era cosa difícil. Hablaba lo menos posible y parecía tanto más misterioso cuanto más silencioso era. Llevaba su vida al día; pero lo que hacía era siempre lo mismo, de tan matemático modo, que la imaginación descontenta buscaba algo más allá.

¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera hallarse, del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y a menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de memoria.

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