Dos editoriales

El Nuevo Día y El Vocero, los dos principales diarios del país, con una circulación que sobrepasa cien mil ejemplares, publicaron editoriales sobre el escándalo que surgió tras la publicación de 1,200 fotos en una página de Facebook, llamada “Salvemos Haití:Senado de Puerto Rico”.

Las cosas como son, pero en su justa perspectiva

Editoriales (EL VOCERO)

30 de enero de 2010 04:00 am

Muchas veces hemos escuchado el dicho de que una foto dice más que mil palabras. Ayer, en Puerto Rico se desató un revuelo mediático en el que fueron mucho más de mil palabras las que se dijeron por la publicación de unas fotografías de médicos puertorriqueños que viajaron como parte de una misión humanitaria a Haití luego del trágico terremoto que azotó al vecino país caribeño.

El revuelo tuvo su génesis en fotografías que circularon en la red social Facebook y en las que aparecían algunos médicos ingiriendo bebidas alcohólicas, otros portando armas de los militares dominicanos en la zona fronteriza de Jimaní y uno sonriente con segueta en mano durante un procedimiento de emergencia. De inmediato, la reacción fue de censura y rechazo a las actuaciones reveladas en las fotografías, pero junto a esa reacción vino la peligrosa generalización. En momentos en que todos el País se ha unido en solidaridad con el dolor del pueblo haitiano resulta comprensible la reacción de censura a las imágenes que se mostraron, mas es necesario tomar el espacio necesario para contextualizar y evitar caer en las generalizaciones.

Los periodistas que tuvieron la oportunidad de cubrir el trabajo de los doctores puertorriqueños y de otras naciones en la zona fronteriza de República Dominicana y Haití nunca reportaron de estas situaciones porque no fue el cuadro que encontraron allí. Todo lo contrario, pudieron dar fe del esfuerzo de médicos que batallaron largas horas, sin los recursos necesarios y en condiciones de alta dificultad para salvar vidas. Es por ello que resulta apresurado e injusto plantear como conclusión que la imprudencia y la insensibilidad caracterizó a todos los que viajaron a Jimaní para ofrecer ayuda médica.

Posiblemente, unos viajaron porque es “cool” hacer turismo humanitario, otros porque buscaban acercamientos con las figuras políticas que organizaron el evento, pero los más de seguro lo hicieron con el deseo genuino de ayudar.

Sin embargo, es meritorio que los organismos que velan por el buen ejercicio de la profesión médica en la isla echen un vistazo a este incidente y además de determinar si procede algún tipo de acción disciplinaria, aboguen por la revisión de los aspectos éticos que deben guiar a los galenos.

En la vida no todo es blanco y negro; hay muchos grises. Es triste que de ahora en adelante, gracias a un grupo de personas, se desacredite el esfuerzo puertorriqueño de ésta y otras iniciativas locales de ayuda para Haití y otros pueblos necesitados. Las redes sociales se han convertido en un espacio público donde las personas se exponen al escrutinio de miles o millones, es por ello que muchas de las dinámicas de interacción pública que conocemos hasta ahora cambiarán más pronto de lo que imaginamos. Mientras tanto, tomemos el tiempo necesario de poner en su justa perspectiva este caso para evitar los juicios generalizados que empañan la labor humanitaria genuina de muchos puertorriqueños.

Separemos la paja del grano

03-Febrero-2010 | EDITORIAL DE EL NUEVO DÍA

Puerto Rico vuelve a dar cátedra a nivel mundial de lo que es la verdadera solidaridad: sensibilidad ante el dolor ajeno, generosidad, acción rápida y efectividad para asegurar que los recursos lleguen directamente a los más afectados por la tragedia de Haití.

Nada ni nadie puede empañar esta realidad contundente. Ni siquiera el mal ejemplo de algunos médicos puertorriqueños ha hecho disminuir el entusiasmo solidario, porque el pueblo sabe separar la paja del grano.

En el abrazo solidario a Haití, nuestras instituciones cívicas, profesionales, religiosas y gubernamentales han dado signos de una madurez que sólo se alcanza con la práctica. No es la primera vez que nuestro pueblo ha hecho demostraciones similares. Hemos probado que tenemos las condiciones, los recursos y la voluntad para organizar una solidaridad más duradera en el tiempo y de mayor impacto estructural.

Es la hora de unir todas las fuerzas que se han despertado para crear un frente común de solidaridad con Haití que sea a largo plazo. El abandono histórico de Haití corre paralelo a un deterioro ético de la Humanidad. Tenemos que aprovechar esta circunstancia histórica para detener la vorágine de insensibilidad y crecer, de una vez por todas, en justicia y hermandad entre las naciones.

Puerto Rico puede ayudar a la concertación internacional porque conoce el camino ejemplar y también su contrario.

Mucho han circulado las imágenes lamentables de médicos puertorriqueños. Todos podemos aprender de este drama de errores, que se une a otros hechos igualmente lamentables de factura universal. Porque ningún país ni institución se sitúa al margen de estas situaciones propias de contextos de grandes catástrofes y de grandes gestos solidarios. No es lo mismo, pero pensemos en las ejecutorias de algunos miembros de las fuerzas de paz de la ONU acusados de abuso sexual; en el tráfico ilegal de niños huérfanos; en las posiciones anacrónicas de ciertos líderes religiosos; en el fraude organizado bajo el manto del levantamiento caritativo de fondos. Ninguno de estos individuos representa lo mejor de sus instituciones, ni de sus respectivos países, ni siquiera pueden representar lo mejor de ellos mismos. Resulta inconcebible que en medio de una catástrofe sin parangón como la de Haití puedan darse este tipo de acciones.

El juicio ético particular sobre estos médicos puertorriqueños preferimos dejarlo en manos de las instituciones correspondientes, que deberán informar al País, en su momento, sobre los resultados de sus determinaciones. Pero sí queremos aprovechar el revuelo para seguir madurando en el ejercicio de la solidaridad, porque nos queda camino por delante.

El problema mayor no es la imprudencia de publicar unas fotos grotescas en un espacio de dominio público, sino lo que allí se retrata. El camino de solución tampoco es minar desde el machismo la credibilidad de quien abrió la caja de Pandora. Lo que merece verdadera profundización es la insensibilidad y la imprudencia, que pueden tornarse en actitudes habituales en el ejercicio de cualquier profesión, al grado de exponer nuestro vacío frente a una cámara con naturalidad desconcertante. Aprendemos hoy que no basta la competencia intelectual, económica o técnica para el ejercicio real de la solidaridad; es menester sostener todo este caudal en un mínimo de destrezas éticas que conviene llamar por su nombre: sensibilidad, compasión, prudencia, decoro, seriedad, discreción, respeto.

Porque la solidaridad, como todo gesto verdaderamente humano, no es sólo un qué sino un cómo. Puerto Rico ha dado cátedra de ambas.

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