Frankétienne – Haití: entre el sueño y la pesadilla

Estoy muy convencido, doblemente convencido,

de que mi país existe y que al mismo tiempo no existe.

Frankétienne

El escritor y pintor haitiano, Frank Etienne, mejor conocido por Frankétienne,  candidato al Premio Nobel de Literatura de 2009, reflexionó hace unos siete años sobre la situación que ha marcado a su amada tierra que ha sido depredada por diversos profesionales de la avaricia. Haití enfrenta hoy una terrible pesadilla al sufrir las consecuencias de un sismo que ha provocado el desplome de una infraestructura débil, mal planificada y desorganizada.  Es una tierra olvidada o invisible más bien, pero no porque no exista sino porque no queremos verla, porque no queremos ver en ella el fracaso del sistema que privilegia a los más poderosos frente a los más débiles. Dejemos que sea Frankétienne quien nos hable.

Entre el sueño y la pesadilla *

Por Frankétienne

http://www.franketienne.com/

La Historia haitiana está jalonada por una sucesión de fracasos desastrosos que han tenido como resultado el despedazamiento de los sueños colectivos, la evaporación de las utopías generadoras de unidad nacional y la dilapidación de nuestras riquezas materiales y humanas.
El fenómeno de aglutinamiento colectivo alrededor de un proyecto mayor de unificación y modernización, nunca pudo concretarse bajo el peso y los efectos negativos de la extremada compartimentación social, de las divergencias irritantes, de los antagonismos exacerbados y los disensos que siempre nos han parecido insuperables, gracias a la persistencia de capillas, de castas, de categorías cerradas, de tribalismo tenaz, del atomismo histórico-socio-político y de las nefastas influencias extranjeras, fuertemente impregnadas de hostilidad y racismo.
La ausencia dramática de la nación haitiana persiste como un hecho histórico incuestionable, a pesar de la existencia de un territorio, una población, un Estado y un gobierno.
El territorio, no habiendo sido jamás administrado con amor, eficiencia y racionalidad, se ha depauperado en el curso de veinte decenios de indiferencia e irresponsabilidad.
La población y la sociedad entera no han compartido jamás un sueño común unificador.
El diversionismo tribal, las cizañas grupusculares, los antagonismos de casta, las divergencias de capillas y la balcanización de los intereses mezquinos terminaron por romper los resortes de la sociedad haitiana. Y la población, en ausencia de un pacto de reparto colectivo y de consentimiento mutuo, que habría traducido la voluntad de vivir todos juntos, se redujo a un extraño fenómeno de dispersión atomizada. Una mitología individualista aterradora y estéril. Una metafísica de la soledad, con aquí y allá algunos núcleos aglutinados alrededor de un islote de solidaridades accidentales, contingentes, temporales y frágiles. Desde el período colonial, jamás hubo un diálogo verdadero, ni negociaciones auténticas, menos aún deliberaciones colectivas en torno a un contrato social global.
El Estado y el gobierno, en perpetua complicidad, siempre se aliaron en una fusión nefasta y negativa que también siempre obstaculizó la eclosión de la nación y yuguló todos los esfuerzos de las masas populares que, instintivamente, reivindicaban constituirse en Grupo Unitario de vocación nacional. En cuanto a las masas rurales, nunca tuvieron derecho a la palabra autónoma y libre. La Unidad, aun sin excluir las contradicciones sociales inevitables y los conflictos de clase, constituye la piedra angular, la estructura fundamental y el soporte de base de todo edificio nacional: es lo que jamás hemos tenido desde el período heroico de las guerras de liberación. Con elites egoístas y sin visión de porvenir.

Un Estado depredador administrado por una minoría de gozadores privilegiados. Y una sucesión de gobiernos oscurantistas, irresponsables, reaccionarios, déspotas y hostiles a toda verdadera modernidad funcional y colectivamente rentable. La independencia no implica automática y forzosamente el nacimiento de la nación. La emergencia nacional constituye un proceso largo y laborioso que entraña la puesta en marcha de la Unidad de la Conciencia Nacional, movilizada alrededor de un Ideal común. Un proyecto común. Un sueño común. Una búsqueda común.

* Extracto de texto traducido del francés por Ana María Radaelli para Casa de América

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